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Era tan etérea, pero tan etérea, que en el insomnio contaba golondrinas en vez de ovejas. Y era tan terrestre que las dibujaba.
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La mujer tejía con un gancho dorado. Como dorado (y silenciosamente adorado) era el estambre de la vida que en esos momentos a todos nos tejía y destejía en ese cotidiano vagón de metro.
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Desde hace mucho tiempo, ¡Oh Dalí!, tu mujer en la ventana se dedica a servir comida en ventas cervantinas. Sí, también espera porque tiene fe en el horizonte, aunque no sea marino, aunque no sea el del viejo continente. ¡Cállate, prematuro viejo incontinente!



Tu voz también orbita. Dejala girar aquí abajo.