Me gustaría escribir algo,
decir que hoy he sentido calma,
que he mirado el cielo y me ha provisto de luz.
Pero, supongo, hoy mis manos son ciegas,
prefieren acariciar mi pálido rostro,
limpiar mis lágrimas incomprensibles
y llenarse de frío.
Ojalá hoy pudiera recitarme un poema
lleno de esperanza,
pero mi pecho ha decidido
preguntarse todo sin responderse nada.
A la incertidumbre la ha llevado hasta mi garganta
y pronunciar una palabra se ha vuelto
solo silencios incompletos que se albergan
en mi habitación.
Hoy el espejo ha decidido mirarme.
Escrutando mi pena,
incide sobre mis superficies,
me refleja desde un ángulo que no reconozco,
o que quizá yo no quería ver.
La soledad es necesaria:
necesito hablarme e interpretar mi ruido.
¿Y si abro la boca y pregunto desde el miedo
y no desde la esperanza?
Quizá por fin pueda mirarlo a la cara
y ponerle un espejo;
es peor vivir con algo de lo que se habla,
pero que jamás se ha visto.
El miedo,
en ocasiones, no es un fantasma,
es un organismo vivo
que se aloja en nuestras ganas,
que se alimenta de palabras no pronunciadas,
de momentos frágiles;
se hincha cuando no se llora:
se bebe nuestras lágrimas.
Es una duda que sólo
se resuelve cuando te respondes:
«Sí, tengo miedo».
Sólo entonces se hacen amplios los sitios,
la calma parece buscarte,
y, después de todo,
escribes un poema (aunque
se
trate de él).
Si no lo escribiera,
no podría entenderme.
LOS MIEDOS SE NOMBRAN
HASTA AHUYENTARLOS.
Del libro: La anatomía del cambio


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