No veía y tropecé con el muro de hormigón de la inocencia.
Caí sin querer ver que por donde caminaba la yedra invasora el paso me cerraba.
Haz bien y no mires a quien, mi madre me repetía cuando su experiencia de vida entera la cubría.
No veía y tropecé con el muro de hormigón de la constancia.
Vencí queriendo ver donde estaba, situando mi estandarte en la balconada sitiada por la armada de guerreros, afiliados al mismo concepto.
De pronto vi, esa mano sanadora, esa palabra dicha, ese paso hacia delante andado, y esa oportunidad jamás perdida.


Tu voz también orbita. Dejala girar aquí abajo.