Luego de muchos paseos por estos altos senderos, nunca imaginé que coincidiríamos en el gusto por el frío.
Estar a tu lado ha sido un enamoramiento permanente. Hemos conducido por caminos apenas descubiertos y conquistado costillares para tratar de encontrar, también en ellos, otro tipo de metales preciosos.
Entre desfiladeros, valles y cunetas ahí te mantenías, breve y hiératica, cantando desde tu alma; admirando las laderas que se pierden mágicas entre más rocas y peines que del mismo modo le cantan a nuestras miradas.
Mientras, yo, anónimamente, te admiraba en tanto ponía en orden otros asuntos.
Estas montañas nos alimentan. En ellas hacemos surcos para anidar maíces y obtener nuestras canciones u otros trinos aviares que nos hagan crecer.
Tanta belleza, tanta contemplación al ver tus párpados temblar de frío frente al viento gélido y estos paisajes, es lo que nos hace fundirnos en un solo ser, como un zenzontle que vuela por la mañana para beber, cuando la falda de los cerros ha vuelto a mancharse de tinta líquida.



Tu voz también orbita. Dejala girar aquí abajo.