Muchas veces nos desvivimos por procurar la felicidad de un ser querido, sin importar los malabares que para ello tengamos que hacer. En esta época navideña es por supuesto más común que se incurra en tales excesos.
Hace unos días me mandaron un enlace de un canal de YouTube para que escuchara una entrevista a un estimado amigo del cual hace mucho no sabía nada. Este, desde que recuerdo, se dedicaba a cantar en bares y cafés. Me lo llegaba a encontrar durante una época en que me había dado por visitar cafés de chinos. Y así ocurrió un 24 de diciembre, justo antes de que a los pesos le restaran dos ceros. Mi amigo, se autodenominaba «Elio, La voz de la ciudad» y me había invitado a su casa a pasar la cena navideña. Para esos días, él estaba ya recién casado; yo me mantenía aún soltero y conservaba una disciplina militar en relación con mis estudios. Tenía poco tiempo libre, pero acepté su invitación porque no tenía con quien más convivir en tan singular jornada. He notado, por cierto, que esa situación sucede más en provincia; los capitalinos son más reacios a invitar a alguien a sus casas.
Ese día, Elio llevaba embrazada su guitarra, en tanto yo abrazaba mis libros. Dada la época, el transporte público terminaba sus labores muy temprano y si uno no se prevenía, corría el riego de quedarse varado. Ya en la estación, se nos acercó un desconocido y nos preguntó si éramos músicos. No se me hizo un tipo confiable. Elio, muy animado, le dijo que sí, pero que ya nos íbamos a casa a cenar, que por aquel día habíamos terminado. No obstante, el extraño insistió en que si lo podíamos acompañar a su casa a dar serenata a su mamá. Elio le contestó amablemente que no, que ya nos íbamos a casa. Este tío «nos» hizo entonces una oferta económica: nos daría mil pesos, que en aquella época alcanzaba más a o menos como para cinco cenas de Navidad. Pero aún así Elio le replicó que no, que gracias, que aunque su oferta era muy buena nos retiraríamos a descansar. El tipo dobló, entonces la oferta, lo cual nos dejó casi anonadados. Era un excelente pago, pero «La Voz de la Ciudad» se mantuvo firme en su negativa. Para eso, yo ya me había preocupado de que por estar atendiendo al ofertante nos quedaríamos sin transporte. Solo de pura suerte llegaríamos a tiempo al sitio de abordaje. Únicamente cuando aquel insólito ser ofreció tres mil pesos, Elio al fin cedió y nos fuimos todos a celebrar a la desconocida mamá, si bien era evidente que, luego de ello nos quedaríamos sin saber qué hacer en la calle. Llegamos a la casa. Las cuerdas de la guitarra preludiaron la canción de: «Pueblo mío que estás en la colina, tendido como un viejo que se muere», y fue una de las más memorables Nochebuenas que hemos pasado. Cenamos, bebimos y hasta llegamos a casa al día siguiente, muy felices.
Ahora que escucho la entrevista de Elio en YouTube y vuelve a cantar esa melodía, rememoro con dulzura aquellos momentos. «La Voz de la Ciudad» vuelve a resonar inmensa y jovial, ahora como entonces.
¡Feliz Navidad a todos, amigos lectores!



Tu voz también orbita. Dejala girar aquí abajo.