Te vez encantadora con la blusa escotada que te compré. Desde que la vi en la tienda imaginé cómo se acomodaría a ese tu dorso desnudo: cultivo mis murallas y defensa de mis torres. La seleccioné además por el cruce perfecto de sus tirantes, que me permiten ahora admirarte como una mujer desnuda pintada por Picasso.
Cuando me acerco a ti, encuentro árboles de cítricos y manantiales de jugosas mandarinas y te abrazo también con la sabía virtud del tiempo. Así voy recorriendo cada músculo, cada borde de tu piel con la pasión que podría desplegar un halcón de cetrería.
Con mis besos descubro cada rincón cálido y cada sombra sobre tu hombros. Es una bella fiesta amenizada por arlequines que me transportan hacía un mundo idílico. Los sotos reposan y han sido limpiados.
Los rombos naranjas y negros que voy encontrando en el recorrido hacia tus caderas me hacen sentir más amor a la vida.
Eres profunda y bella, como un ser santificado; has nacido para ser adorada.



Tu voz también orbita. Dejala girar aquí abajo.