Aullaban los árboles
su rabia contenida.
Hasta la grandilocuente belleza
caminaba ensimismada.
Extendía mi prisión
fuego babeante
trepidante resignación.
Extendía los dedos.
Una serpiente la espalda.
Un cráter en la cabeza.
Era el tiempo
del vuelo nocturno
porque era necesario
tejer al sol de nuevo.



Tu voz también orbita. Dejala girar aquí abajo.