Cierto día me tocó trasladar en un vehículo a unos colegas. Como estábamos en temporada de huracanes, llovía constantemente y eso genera muchos baches en la ciudad. Íbamos con destino a la inauguración de una exposición pictórica. Llegado a cierto punto, al poeta que fungía como copiloto se le ocurrió advertirme de algunos de esos nuevos escollos en el camino.
–Un hoyote, un hoyote… Exclamó.
Pero, a pesar de la advertencia, continué de frente hasta que tuve que maniobrar con sobresalto para todos.
–Te dije que había un hoyote–reclamó.
Entre un acceso de risa, solo atiné a mencionarle que la situación me recordaba el chiste del niño gangoso que iba con su padre por la carretera rural, y el niño le gritó al padre:
–Un ollote, un ollote.
El padre, lógicamente conflictuado, buscó inútilmente el bache.
–¿Dónde, dónde…? Le replicó al hijo.
Este, entonces, le señaló hacia el camino por donde iba una familia de lánguidos canes.
–Un ollote con sus ollotitos, repitió, señalando nuevamente.
Así fue como apacigüé al colega, ante su molestia por no cuidarme de aquellos húmedos baches.
–Es que era un ollote con sus ollotitos.



Tu voz también orbita. Dejala girar aquí abajo.