Tiernos como los tallos del bosque encantado, mis pensamientos más puros parten hacia el fruto maduro de la Luna expectante, no sin antes enjuagarse en las aguas cristalinas del río parlante, para dejar en babia a los animalillos fosfóricos de las mágicas hadas, de los traviesos duendes y de la tenue fogata.
Húmedos como el rocío del alba, que los sueños entumecen a la mañana, para hacerlos rima y cortinas de flecos los arcoíris tras de la lluvia el agua…
Esplendentes, cual las puertas del cielo divino que restalla sus rayos refulgentes, marcando los destinos donde las gentes rezan al Hacedor y las aves cantan sus trinos.
Igual que un Todo eterno y maravilloso son tus ojos de perla, mi niña, tiernos, húmedos y adamantinos, tan purísimos que no los puede ver cualquiera.


Tu voz también orbita. Dejala girar aquí abajo.