¡Los macarrones están listos! ¿Sabes?, nunca pensé que te traería a casa. No eres muy simpático y realmente muchos te tenemos miedo, pero, bueno, mis padres quieren conocerte y qué mejor forma de hacerlo que invitándote a cenar.
Ya quiero que den las ocho para que se despierten y al fin te puedan conocer. Sé que para ti es muy gracioso molestar a los demás, y más centrarte específicamente en mí, solo porque soy adoptado, pero mamá y papá ya me había advertido de que muchas personas no lo entenderían y de que otras más se reirían de mí solo por eso.
Siendo sincero, no te entiendo; pero debo admitir que durante el día mi vida sin ellos es muy solitaria, pues tengo que levantarme desde muy temprano para ir a la escuela, solo para que me molestes. Luego, saliendo, tengo que ir a hacer el súper y finalmente llego a casa a prepararme la comida.
Tal vez mi vida no sea como la tuya o la del resto de los niños, pero no me siento mal, pues desde el principio mis padres me han hecho saber que, si bien la sangre no nos une, ellos me aman con todo su corazón y, cuando despiertan, juegan conmigo, me ayudan con la tarea y tratan de recuperar todo el tiempo perdido, antes de que yo tenga que ir a dormirme.
Ellos son magníficos y, de hecho, su historia favorita y la que siempre relatan al resto de la familia, es la de cómo me encontraron, y aunque la he escuchado miles de veces, siempre es un gusto para mí oírla de nuevo.
¿Quieres escucharla?, ¿No?, bueno de todos modos te la contaré.
Mis padres cuentan que la primera vez que me vieron fue cuando conocieron a sus vecinos del departamento de arriba: al parecer mis verdaderos progenitores. Eran una pareja joven y sin experiencia que recién se había casado y trataban de formar una familia juntos, pero lo que parecía el comienzo de un cuento de hadas terminó siendo una horrenda pesadilla.
Como los vecinos de abajo, mis padres adoptivos, fueron testigos de los gritos, pleitos y amenazas que se suscitaban entre la joven pareja del piso de arriba. cuentan que, sin importar la hora, de día o de noche, ellos escuchaban también mi incesante y desgarrador llanto, que en ningún momento mis verdaderos progenitores se molestaron en calmar.
Pasaron los meses y las cosas fueron de mal en peor. Fue así que mis padres adoptivos decidieron hacer algo al respecto y, aunque habían tratado de mantener un perfil bajo después de haber tenido problemas en su antigua ciudad, decidieron rescatarme.
Con sigilo se adentraron en el departamento de mis padres biológicos, y lo que vieron los horrorizó. Tenían su casa hecha un muladar: comida vieja se podría en la nevera, botellas de cerveza se esparcían por todo el suelo y yo dormía en una cuna repleta de basura, con el pañal indescriptiblemente sucio y evidentes signos de desnutrición.
Fúricos por lo que vieron, mamá y papá trataron de encontrar a aquellos monstruos para hacerles pagar, pero, por más que buscaron, solamente encontraron señales que delataban que ellos se habían marchado ya hacía algún tiempo.
Mamá dice que, al verme, el primer pensamiento de ambos fue llamar a una institución apropiada para que se hiciera cargo de mí, pero, ya deciddidos a hacerlo, cambiaron de opinión cuando me tuvieron en sus brazos.
Con mucho cariño y brillo en los ojos, relatan que desde el momento en que sintieron mi tibia cabecita y mi entrecortada respiración, su corazón se derritió por completo, pues, en sus palabras, yo era una bolita de carne, tan tierna y adorable que tuvieron que hacer un esfuerzo enorme para no comerme. Desde entonces, y sin que nadie se les opusiera, ellos me criaron con el mismo amor que le darían a un hijo verdadero.
A diferencia de la relación entre mis verdaderos progenitores, la relación entre mis padres adoptivos llevaba siglos de existir y, aun así, fue difícil para ellos adaptarse a mis necesidades. Después de todo, las personas como ellos no suelen tener hijos, imagina la sorpresa de todos mis tías y tíos cuando se enteraron de mi existencia; aún hoy no puedo estar cerca de algunos de ellos sin que mis padres estén presentes.
Durante mis primeros diez años de vida me criaron como a uno de ellos. Dormía durante todo el día y jugaba con ellos toda la noche, pero, con el tiempo, cuando notaron que más que, en vez de acostumbrarme, todo aquello me hacía daño, decidieron criarme de un modo más “normal”.
Cuando tuve la edad suficiente para valerme por mí mismo, ellos recuperaron su habitual costumbre de volver a dormir durante el día y dejaron que me hiciera cargo de todo: la luz, el agua, la comida, etcétera. Sin embargo, aún cada noche los veo y les cuento cómo me fue durante el día. Fue así como supieron de ti y de todo lo que me haces.
Hubieras visto la cara que pusieron cuando les mostré los primeros moretones que me hiciste o cuando les repetí tus insultos o peor aún, cuando supieron que me bajaste los pantalones frente a toda la clase. Estaban tan molestos que no puedo ni describir tal enojo. De hecho, no tendré que hacerlo; justo ahora acaban de dar las ocho, y estoy tan contento porque por fin los vas a conocer…
*
Mientras espero en la mesa del comedor, las puertas del sótano se abren y de ellas emergen papá y mamá. Ambos lucen somnolientos; se estiran y bostezan de tal forma que dejan expuestos sus afilados colmillos. Para mí es algo normal, pero para mi diario agresor es razón más que suficiente para comenzar a temblar en la silla en la que lo tengo amarrado.
―Hola Ma, hola Pa.
―¡Tesoro…! ―apenas me ven y corren a abrazarme, a pesar de sus cuerpos fríos, puedo sentir lo caluroso de su afecto.
―Mamá, Papá, él es Ricardo, el compañero de quien les hablé.
―¿Con qué este es el niño? ―una mueca de desagrado se dibuja en el rostro de mi padre.
―Sí, él es el que todos los días me molesta y, lo peor, es que se burla de mí por ser adoptado ―al enterarse de quién es, gruñen furiosos y en un parpadeo se plantan frente a él.
―¡Jamás debiste meterte con nuestro niño! ―ruge mi madre a centímetros de su cara.
Ricardo comienza a suplicar bajo la mordaza que aprisiona su voz y a pesar del desagrado que por él siento, les pido que se detengan.
―¡Mamá, papá, esperen! Quiero escuchar si algo tiene que decir. ―Ante mi extraña decisión mis padres se detienen, intercambian una mirada confusa, pero tras unos segundos de dudas, obedecen y le quitan la mordaza.
―¡Perdóname Francisco no vuelvo a molestarte! ¡Yo… yo solo estaba jugando, pero te juro que a partir de hoy no me vuelvo a meter contigo!
Sus súplicas y lloriqueos me hacen pensar y aunque me gustaría creer en sus palabras, me gusta más comer en familia.
―Ma, Pa, pueden hacerlo ya. Ya hace hambre ―les ordeno, antes de probar una cucharada de mis macarrones.
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Autor: Ronnie Camacho Barrón (Matamoros, Tamaulipas, México, 1994) Escritor, Lic. en Comercio internacional y Aduanas, y Técnico analista programador bilingüe. Autor de dos novelas Las Crónicas del Quinto Sol 1: El Campeón De Xólotl (Amazon 2019) y Carlos Navarro y El Aprendiz Del Diablo» (Pathbooks 2020-2022). Cuenta también con 10 libros infantiles: Friky Katy, ¿Tus papás son vampiros?, El pequeño Rey, Los Guardianes del bosque, Erika otra vez, José lo vio todo, Una amiga de las estrellas, Las rivales«, Los campeones y Los trillizos mágicos, todos con la editorial Pathbooks y traducidos en 6 idiomas. Su más reciente obra es una antología de cuentos titulada Entre Nosotros (Amazon 2021).


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