Cierto día, a bordo de un camión de pasajeros, escuché una conversación. Trabajadores de un hospital relataban algunas situaciones que habían pasado, ante todo con hijos de compañeros.
Así, unos doctores que tenían cierto prestigio, y además eran muy atentos y serviciales, le habían regalado un vehículo a uno de sus hijos, apenas un adolescente, pero cuando éste llegaba a ir para recogerlos, era grosero y engreído con los empleados. No obstante, entre risas, expresaban su deseo de que ojalá a ellos también alguien, quizá un desconocido familiar, algún día les regalara o les heredara un vehículo. Después vinieron a colación el dueño del hospital y su hijo, ambos con problemas de sobrepeso, así que el nene estaba sometido a una dieta muy extrema. Tenía prohibido muchos alimentos, pero como «el bebé» era muy sociable, ellos solían hacer con él trueque de alimentos; no obstante, tenían que hacerlo con mucha secrecía, ya que si eran descubiertos les llamarían la atención. El nene en cuestión era capaz de cambiar su bistec por un taquito de frijoles; un amor, ese pequeño. Pero había además un paciente de esos muy asiduos que ya había hecho cierta amistad con el dueño. Aquel llegó un día y comentó:
– Oiga, doctor, yo a usted lo veo también muy gordito…
– ¿Sí? ¿Y cómo cuantos kilos cree que peso?
– Yo le calculo que cómo 150.
– A mire, ¿eso mero; pero, cómo lo supo?
– Es que yo me dedico a vender y a comprar cerditos…
El atribulado doctor, por supuesto, no pudo reclamarle la falta de respeto, puesto que era un muy buen cliente.



Tu voz también orbita. Dejala girar aquí abajo.