Sus gemidos de loba complaciente y belleza de loca con chispa me volvieron adepto a su causa. Sus ayes verticales y sus ojos en blanco fueron disfrute de mi alma. Tendidos en la cama jugamos a lamernos sexos y miradas, mientras Eros contemplaba el surgir y resurgir de nuestros cuerpos desde la ventana.
Cayó la tarde y, ya en penumbra, cincelé un falo para que los gorriones de su vagina en torno suyo revolotearan, y yo no paraba, ni ella lo hacía, mientras flotaba por la Vía Láctea…
Desbocados como bestias de la carne, y gozando entre burbujas de fotones, relinchábamos goces eternos, en un meneo que abarcaba todas las posturas imaginables.
Deseábamos cada vez más y más, cada vez más rápido, más fuerte, hasta que, de repente, fluidos fosforescentes corrieron por todos nuestros conductos más ardientes. Se colorearon nuestros iris, nuestros sexos y nuestros dientes; volamos, subimos al séptimo cielo. Nuestros corazones se fusionaron y del Nirvana corrimos el velo.


Tu voz también orbita. Dejala girar aquí abajo.