
De noche, cuando crece el gran colmillo de mi león, frotándolo contra las mieles de tu vientre, y tus pezones son cascabeles del deseo, las cadenas de tus caderas me mantienen en éxtasis venusiano, entre auroras australes y astros fecundados por estrellas fugaces, a estas horas ya estamos volando.
No hay espacio, ni tiempo, ni salón… Flotan fetos hiperbólicos a nuestro alrededor.
Arde la madrugada como las colinas de tus senos en llamas. Hemos cruzado algún umbral prohibido.
Debían de ser las cinco, entonces, amanecieron de repente todas las estrellas y constelaciones del firmamento sobre nuestros ombligos, diluidos en orgasmos expresionistas sin fin, conjugamos nuestros sexos, y ascendimos al cielo para estallar en pura Luz.


Tu voz también orbita. Dejala girar aquí abajo.